Vida extraterrestre

Recientemente los científicos de la NASA han mostrado varias imágenes recogidas en la superficie de Marte por el Curiosity que, según dicen, son una prueba de la presencia de antiguas corrientes de agua sobre la superficie del Planeta Rojo. Cualquiera que haya estudiado biología al oír esta noticia, inmediatamente se preguntará por la posibilidad de la existencia de vida. En efecto, existen hipótesis que consideran incluso que la vida en la Tierra tiene un origen marciano.

En cierta manera estamos ante la eterna pregunta que científicos, filósofos o religiosos han intentado responder a su manera: ¿Cuál es el origen de la vida?

Al menos desde un punto de vista científico uno de los requisitos fundamentales para tal propósito es la existencia de agua líquida, al menos para considerar la presencia de vida como la que conocemos en la Tierra. No soy un especialista para saber si hay o no un material distinto del agua líquida capaz de generar procesos sedimentarios de tipo “fluvial” como los fotografiados en Marte. Tampoco para considerar la probabilidad de que haya un fluido distinto, pero similar al agua que ofrezca la oportunidad de que aparezca algo que tenga características vitales. Quizás simplemente se deba al azar que el robot Curiosity aterrizase en un lecho seco de un antiguo río, mientras que a 5, 10 o 1000 km de allí, se encuentre un pequeño depósito de agua que se conserve por alguna extraña circunstancia (que parece muy improbable según los especialistas).

A diferencia de Marte, una nave extraterrestre que llegase a la Tierra  tendría más probabilidades de amerizar que de aterrizar, evitando la necesidad de tener que buscar huellas de la antigua presencia de agua.

A diferencia de Marte, una nave extraterrestre que llegase a la Tierra tendría más probabilidades de amerizar que de aterrizar, evitando la necesidad de tener que buscar huellas de la antigua presencia de agua.

Lo que sí que sé es la capacidad que tiene ese fenómeno que llamamos Vida para extenderse en ambientes extremos aquí, en nuestro planeta: diferentes grados de pH, temperatura, humedad, presión, salinidad… Diferentes formas de captar energía y materia. Una capacidad de adaptación que, a poco que pensemos, es para asombrarse. Sin embargo su origen sigue siendo un misterio y, pese a esta adaptabilidad, parece que las condiciones necesarias para su “inicio” son lo bastante restrictivas para considerar que no es un proceso sencillo. Hasta el punto de estar considerando la posibilidad de que no se originase en la Tierra…

Extremofilos.  Algunos microorganismos son capaces de vivir en situaciones que para los “organismos normales” les serían imposible, demostrando que el concepto “Biodiversidad” y de la capacidad de adaptación del fenómeno Vida es mucho mayor de lo que creemos.

Extremofilos. Algunos microorganismos son capaces de vivir en situaciones que para los “organismos normales” les serían imposible, demostrando que el concepto “Biodiversidad” y de la capacidad de adaptación del fenómeno Vida es mucho mayor de lo que creemos.

Quizás por eso mismo, parece que debemos ser conscientes de la suerte que tenemos de la existencia de un planeta como la Tierra, donde la vida se ha extendido por doquier, y que prácticamente, aterrice donde aterrice un Curiosity o similar proyecto extraterrestre, fácilmente encontraría tanto agua líquida como vida. Espero que sepamos conservarlo, no por ese fenómeno que llamamos Vida, que en verdad difícilmente creo que podamos acabar con ella, sino por el fenómeno de la biodiversidad, el que es, seguro, el verdadero milagro del planeta Tierra.

También a diferencia de Marte y de cualquier otro planeta conocido, la abundancia de formas de vida en la Tierra es tal, que fácilmente la encontrarían unos hipotéticos científicos extraterrestres. Una suerte, y un tesoro que deberíamos respetar.

También a diferencia de Marte y de cualquier otro planeta conocido, la abundancia de formas de vida en la Tierra es tal, que fácilmente la encontrarían unos hipotéticos científicos extraterrestres. Una suerte, y un tesoro que deberíamos respetar.

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Agua que no llega, hielo que se va

Tras un verano de temperaturas récord y lluvia casi inexistente, por fin vemos cielos cubiertos. Estos últimos días nos han regalado en Asturias verdaderos momentos de otoño, acompañados necesariamente por la lluvia y el frío. Por suerte. Era algo que se echaba de menos en nuestra tierra, últimamente cada vez menos verde. Y más allá de lo agradable que nos resulte disfrutar de los paisajes otoñales y del olor de la tierra mojada, lo cierto es que nos hacía mucha falta.

Las reservas de agua en nuestra región se han desplomado tras los meses estivales. En algunos municipios se plantearon cortes en el suministro si las condiciones no mejoran. Es raro que hablemos aquí de sequía, pero ésa es la situación. La falta progresiva de agua es una tendencia que se viene repitiendo cada año, por un lado debido a la reducción de la cantidad y frecuencia de las lluvias, y por el otro, al incremento en el consumo de agua en nuestras casas, a causa de las altas temperaturas durante el verano.

Al hablar del calentamiento global que invariablemente se está produciendo (tanto si los poderes económicos y políticos lo admiten, como si no), uno no puede evitar pensar en las últimas noticias sobre el deshielo del Ártico, un hecho del que nos alertaba un equipo de científicos noruegos y daneses, y el National Snow & Ice Data Center de Estados Unidos, el pasado mes de agosto en un duro informe.

Según sus datos, la superficie de hielo habría descendido en más de 11 millones de kilómetros cuadrados desde su máximo anual, en Marzo. Es un dato histórico. Hay menos hielo, y también es menos consistente, ya que cada vez abunda más el tipo fino que se conserva sólo una o dos temporadas, en detrimento del hielo grueso multianual.

Es también llamativa la imagen que ha podido verse este verano en Islandia: el volcán Snæfells y su cumbre más alta, Þúfan, sin hielo. No se trata de algo anecdótico, y menos en un país en que el 10% de su territorio, aproximadamente, se encuentra bajo el hielo. El Snæfellsjökull, glaciar que cubre este volcán desde su última erupción (en 1219), se ha derretido en un 50% en el último siglo; la capa de hielo desaparece a un ritmo de 1’5 metros al año. Y ver desnuda su cima es un hecho sin precedentes, algo que ningún ser humano había observado nunca, en toda la historia.

Los investigadores que estudian el deshielo del Ártico consideran que un deterioro tan acentuado no puede deberse sólo a factores naturales, sino a la actividad humana. Y advierten del papel fundamental que esta región tiene en el clima terrestre. A pesar de todo ello, la principal preocupación de la comunidad internacional sobre este tema no parece ser el cambio climático, ni la fauna amenazada, ni las consecuencias de todo ello. La atención está centrada, en cambio, en las nuevas oportunidades de explotación de los recursos que quedan ahora accesibles: yacimientos de gas y petróleo, y nuevas rutas marítimas comerciales.

Mientras tengamos esa mentalidad en la que lo único importante sea el poder económico y el beneficio inmediato; y mientras los acuerdos de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático sigan siendo sólo papel mojado, es difícil ver alguna solución.

Quizá lo más triste de todo sea que ya casi nada de esto nos sorprenda, que empiece a sonarnos como normal, como inevitable…  Por lo menos, durante algunos días, aquí ha vuelto a llover. Un pequeño consuelo.

Áreas recreativas, basuras, respeto…

Un viernes cualquiera. Hora de comer. Estabamos en la cuenca del Nalón y decidímos comer en un área recreativa cercano en lugar de en el parque.

La descripción del área era buena: fuera del pueblo, bosque de ribera, al lado del río …

No pudimos evitar cabrearnos al llegar. El sitio es como lo describen. Pero lleno de basura. Y con las instalaciones destrozadas (faltan parrillas, bancos, postes de los cierres, …).

Y lo peor es que no es un caso aislado, que vayas a dónde vayas, ves más o menos lo mismo – incluso cuando el contenedor está a cuatro pasos, como era el caso en éste área. Excepto en ciudades con un buen servicio de limpiezas, claro.

¿Es que tenemos que tener a alguien que nos limpie la mierda que dejamos allá donde vamos? ¿Tan poco respeto tenemos por la naturaleza, por los demás, por nosotros mismos? ¿Cómo podemos ser tan cerdos?

Sin defender a políticos ni a las empresas que tanto daño ecológico causan con decisiones ridículas, sus planes de manejo, sus vertidos, sus accidentes, pero: ¿cómo podemos exigir nada si nosotros mismos no lo hacemos? Al fin y al cabo, si ni nosotros mismos nos respetamos, ¿cómo podemos pretender que los demás lo hagan?

En los dominios de lo muy pequeño (vol. 2)

En una entrada anterior os hemos hablado brevemente del átomo y de algunas de sus propiedades más sorprendentes. Sin embargo, aún podemos ir más allá: porque los átomos se componen de partículas, y son éstas las que poseen la naturaleza más misteriosa y fascinante de todo lo que conocemos.

Se calcula que el Universo comenzó hace unos 13.700 millones de años, aunque es difícil saber por qué, o qué había antes. Lo que sí sabemos es que en ese instante nacieron las partículas, que posteriormente se unirían para formar átomos. Al principio sólo existía eso: partículas sin masa, lo que las hacía incapaces de reaccionar entre sí. De algún modo, cuando se supone que había transcurrido sólo una billonésima de segundo, esas partículas adquirieron masa, y con ello pudieron componer la materia y la vida. La razón de este suceso ha sido un misterio para la ciencia durante mucho tiempo: en 1964, el físico Peter Higgs postuló la existencia de una partícula determinada (el llamado bosón de Higgs) capaz de generar un campo “de fuerza” (un campo cuántico), que se extendería por todo el Universo, y que proporcionaría masa a todas las partículas con las que interactuara. El problema era encontrarlo experimentalmente.

Gran Colisionador de Hadrones (Large Hadron Collider, LHC) en Ginebra, Suiza

Para demostrar la existencia del bosón de Higgs hizo falta construir un enorme acelerador de partículas, el Large Hadron Collider (LHC), que ocupa una circunferencia de unos 27 kilómetros de diámetro en la frontera franco-suiza. La necesidad de un instrumento así se debe a lo esquiva que es la teórica partícula de Higgs. La única forma de producirla es haciendo vibrar el campo con muchísima energía utilizando colisiones de partículas a un 99,9% de la velocidad de la luz, y aún así el resultado no es el bosón de Higgs en sí mismo sino sólo las trazas de los productos en los que se desintegra.

Eso es lo que los científicos de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (conocida por sus siglas en francés, CERN) creen haber encontrado, con razonable probabilidad. El anuncio se realizó el pasado 4 de julio, en medio de una gran expectación. ¿Por qué es tan importante confirmar la existencia del Higgs? La respuesta más simple sería porque, según esta teoría, el bosón de Higgs (o mejor dicho, el campo asociado a él) es el responsable de que cada partícula sea exactamente como es, y por tanto lo sea también cada átomo, y toda la materia.

El vacío del campo de Higgs envuelve a las partículas, frente a las cuales ofrece resistencia cuando lo atraviesan y hace que se comporten como si tuvieran masa.

No sabemos por qué unas partículas son más atraídas que otras por el campo de Higgs. Ni por qué cada una tiene exactamente ese valor concreto de masa y no otro. Quizá sea un hecho aleatorio, o tal vez se deba a otras razones que aún no entendemos. De cualquier modo, el Universo entero es como es porque cada una de las distintas clases de partículas que lo forman tienen las propiedades que tienen, y no otras diferentes. Y todo encaja en su sitio de un modo que apenas empezamos a vislumbrar.

Aunque el camino que resta es muy largo. Hay cosas que el bosón de Higgs no puede explicar. Por ejemplo, por qué la materia ordinaria (de la que hemos estado hablando hasta ahora y que nos da forma) sólo supone el 4% de la masa del Universo… mientras que el resto parece deberse a la “materia oscura”, de naturaleza desconocida; y a una energía incierta que permite que el Universo esté acelerando su expansión.

Quedan muchas preguntas pendientes, pero ésta es una buena base para buscar las respuestas. Cuesta tanto arañar unos pocos detalles de las leyes que rigen el mundo que conocemos, y hay tantas cosas que seguimos sin saber, que cada nuevo paso resulta apasionante.

Migración otoñal

Ha comenzado el otoño. Una época de hermosos paisajes ocres y rojos, y noches cada vez más largas y frías, que nos acompañará durante 89 días y 20 horas en una lenta transición hasta el invierno.

Las aves también notan la llegada de la estación otoñal. A medida que los días se acortan, y terminada ya la época de reproducción, millones de aves del hemisferio norte (unos 90, aproximadamente) regresan a las regiones cálidas, más propicias, donde el suministro de alimento disponible varía poco con la estación. Se producen movimientos migratorios hacia el sur ya desde junio, pudiendo alargarse incluso hasta diciembre, pero el grueso de paso se observa precisamente en estas semanas.

La amplitud, paradas y recorrido final del viaje dependen de diversos factores: especie, sexo y edad de las aves, su procedencia demográfica o las circunstancias atmosféricas de la ruta y la disponibilidad de alimento. En el caso de muchas especies parece que este tránsito anual está de algún modo grabado genéticamente en cada ejemplar, aunque en otras se cree necesario un proceso de aprendizaje, observado más frecuentemente en aquellas aves que migran en bandadas. Los mecanismos de orientación resultan esenciales; los accidentes geográficos, y la posición del sol, la luna y las estrellas, así como el campo magnético terrestre (o incluso en algunas especies la percepción de determinadas vibraciones sonoras o tramas de luz), permiten a las aves contar con un mapa de ruta que es perfeccionado con cada viaje.

Charrán ártico (Sterna paradisaea)

Charrán ártico (Sterna paradisaea)

El fenómeno de la migración se realiza en todos los continentes, pero el viaje entre Europa y África es el más complejo. Esta amplia ruta, llamada vía del Atlántico oriental, y en la que confluyen aves desde Groenlandia hasta el norte de Europa y Siberia, se canaliza sobre todo a través del estrecho de Gibraltar. Es la principal puerta de acceso a las tierras africanas, y por ella pueden transitar entre 500.000 y 600.000 aves al año. Alternativamente, muchas otras utilizan la ruta del Mediterráneo oriental llegando a África por el estrecho de Bósforo (en Turquía), y algunas pocas deciden intentarlo desde Italia hasta Túnez a través de Sicilia.

Vemos, pues, que el paso migratorio suele concentrarse siguiendo los itinerarios que crucen continentes con el menor recorrido posible sobre el agua, para lo cual se sirven de estrechos, islas y penínsulas. Las vías exclusivamente marinas suponen un mayor riesgo para las aves, ya que carecen de refugios, y tampoco pueden contar con la ayuda de las corrientes térmicas (que no se producen sobre el mar). La excepción son las aves marinas, auténticas especialistas de los viajes largos, como es el ejemplo del charrán ártico (Sterna paradisaea), que anida durante el verano en el ártico y regresa al sur a partir de agosto, alcanzando la Antártida en noviembre tras una increíble travesía de unos 40.000 kilómetros.

Ya os hemos hablado en otra ocasión del programa Migra puesto en marcha por la Sociedad Española de Ornitología (SEO/Birdlife) en 2011, basado en técnicas de geolocalización a fin de conocer los movimientos migratorios de las aves con el mayor detalle posible. Este año, la atención está especialmente focalizada sobre la carraca (Coracias garrulus), elegida por esta sociedad como Ave del Año 2012.

Carraca (Coracias garrulus)

La población española de carraca ha descendido un 40% en los últimos años, y el Libro Rojo de las Aves de España la cataloga como especie vulnerable; sus principales amenazas derivan fundamentalmente de la actividad humana, como el uso de plaguicidas o la agricultura intensiva, y la desaparición de zonas arboladas adecuadas para la nidificación. El seguimiento de su tránsito migratorio permitirá descubrir los lugares de invernada de esta especie, hasta ahora desconocidos. Por el momento, las aves marcadas se encuentran ya en tierras subsaharianas (Mali y Níger); todas ellas accedieron al continente africano a través del estrecho de Gibraltar, salvo un ejemplar, que siguió una ruta atravesando las islas Baleares. Y todas continúan aún su viaje, que podemos seguir a tiempo real. Dentro de unos meses regresarán a nuestro territorio, cuando se acerque el verano.

En los dominios de lo muy pequeño (vol. 1)

Si viajamos a lo más pequeño que podamos imaginar, y más aún, a los dominios de lo realmente diminuto, nos encontramos con los ladrillos de nuestra existencia: los átomos. Ellos componen la estructura básica de toda la materia, todo cuanto ha existido casi desde los primeros instantes del universo. Todo lo que eres, lo que ves y lo que sientes… todo lo que te rodea son átomos. A lo largo de la historia del universo, los átomos van y vienen en innumerables formas, sean orgánicas o no. Se reciclan, y en esencia no existe diferencia alguna entre, por ejemplo, los átomos de carbono que forman parte de nuestro cuerpo, y los que componen la estructura de un diamante…

Un átomo es extraordinariamente pequeño, como nos explican muy gráficamente en este vídeo. Si tomamos uno cualquiera y lo agrandamos hasta el tamaño de un gran estadio de fútbol, el núcleo del átomo, formado por protones (partículas con carga positiva) y neutrones (partículas sin carga neta), sería del tamaño de una canica, y estaría ubicado en el centro del campo. Los electrones (partículas de carga negativa que se mueven alrededor del núcleo), tendrían el tamaño de cabezas de alfiler, y “orbitarían” por las gradas.

Lo más sorprendente es que cada átomo está formado esencialmente por vacío: casi la totalidad de su masa (excepto la pequeña proporción de ella que se debe a los electrones) está concentrada en el relativamente pequeño núcleo, mientras que en el resto del átomo no hay materia.

Resulta increíble, pero nuestra masa está concentrada en apenas una mínima parte de nuestro cuerpo. La materia es vacío, en un 99’9%. La pregunta que surge parece clara: ¿por qué entonces somos tan sólidos? La razón es que los átomos están unidos unos a otros por interacciones electromagnéticas; y también porque la escala de tamaño en la que el vacío del átomo resulta evidente es con mucho demasiado reducida como para notar sus efectos en nuestro mundo macroscópico.

Por otro lado, las cargas negativas de los electrones que forman la “capa externa” de dos cuerpos se repelen entre sí. Aunque suene raro, lo cierto es que nunca llegamos a tener auténtico contacto con ningún objeto, ni siquiera tocas la silla en la que estás sentado ahora: simplemente “flotas” sobre ella, merced a la repulsión del electromagnetismo. Esto mismo es responsable de que no podamos atravesar las paredes, o de que el suelo nos sostenga en lugar de escurrirnos a través de él siguiendo la atracción de la gravedad (que en comparación es una fuerza muy débil).

Como dato curioso, decir que sí podríamos atravesar una pared, ya que en todo momento existe una probabilidad de que eso suceda, aunque es tan infinitamente reducida que no merece la pena intentarlo… Este hecho que parece absurdo sólo puede comprenderse desde la llamada física cuántica, que se ocupa de estudiar el sorprendente mundo de lo muy pequeño… y, al fin y al cabo, la base última de toda naturaleza.

Déficit ecológico

Hemos traspasado el límite ambiental del planeta, una vez más. Según se desprende del informe de la Global Footprint Network y la New Economics Foundation (NEF), la humanidad ya ha agotado su presupuesto ambiental para el año 2012, y ha entrado en déficit ecológico desde el pasado 22 de agosto.

Esto significa que en ocho meses hemos agotado todos los recursos que el planeta proporciona durante un año. En otras palabras, todo cuanto la Tierra puede producir de forma sostenible (incluyendo el CO2 que puede absorber). A partir de ese momento, estamos viviendo a crédito, sobreexplotando los recursos y acumulando carbono atmosférico a costa de la salud del planeta y de futuras generaciones.

Por desgracia, es algo que lleva sucediéndose desde hace décadas. A partir de los años 70, nuestro planeta cruzó la frontera crítica en la que el consumo desenfrenado y la explotación irracional de recursos superó el ritmo al que la Tierra era capaz de proporcionarlos. Al ritmo actual, las personas consumen un 56% por encima de la biocapacidad del planeta: la demanda de recursos renovables ecológicos es ahora equivalente a más de 1,5 Tierras, y de este modo el planeta necesita más de año y medio para generar lo que consumimos en sólo doce meses.

Las razones de esta situación no nos son desconocidas. El modelo económico mundial genera una demanda constante y sin precedentes, priorizando los beneficios monetarios por encima de los sociales o ambientales. La transición al uso de energías renovables, y a sistemas alternativos que se basen en una economía verde, centrada en un crecimiento sostenible y justo, se antoja cada vez más urgente y necesaria.

Vivir por encima del umbral ecológico del planeta no saldrá gratis: porque su capacidad de reciclar nutrientes y sustancias contaminantes y en definitiva, de sustentar vida, también es limitada.

¿Cuánto de “nosotros” hay en nosotros?

Decir que tenemos más de bacterias que de humanos no es una afirmación descabellada, aunque la idea nos pueda resultar extraña. Los microorganismos que llevamos encima sobrepasan el número de células humanas a razón de 10 a 1. Por suerte las bacterias son unas 1.000 veces más pequeñas que nuestras células, pero al igual que éstas, se encuentran en todas partes, en íntima coexistencia con nosotros.

Si en 1990 se lanzó el ambicioso Proyecto Genoma Humano, de forma análoga el Instituto Nacional de Salud de EE. UU inició hace cinco años un estudio no menos complicado para identificar los microbios con los que cargamos y caracterizar sus genes. Es lo que se denomina Proyecto Microbioma Humano (HMP en sus siglas en inglés), y que básicamente consiste en esbozar el mapa de nuestras bacterias, algo que cobra especial importancia si consideramos los miles de millones de ellas que comparten nuestro cuerpo.

Ya se desprenden algunas conclusiones de los primeros resultados, publicados muy recientemente en la revista científica Nature (si tenéis curiosidad, podéis acceder a los artículos originales aquí y aquí). Ya se han secuenciado los genes completos de 800 bacterias, y se espera llegar pronto a las 3.000. Lo que se ha visto es que, en general, la diversidad microbiana es enorme. El “microbioma” femenino parece ser más complejo y variado que el masculino. Pero en ambos sexos las bacterias que compartimos, es decir, las que son muy frecuentes y abundantes en todos nosotros, son pocas. La mayoría resultan ser microorganismos más escasos en número, pero muy diversos y distintos. Es decir, que cada uno llevamos nuestros propios huéspedes personales, y en esto influye tanto el ambiente y modo de vida como nuestra propia genética individual.

Los científicos ya consideran a todo este conjunto de bacterias y sus genes como el segundo genoma humano. Ya hemos averiguado quiénes están ahí, y ahora toca investigar el porqué: cuál es su función, y hasta qué punto son importantes en nuestra biología. Sabemos que mucho. Y mientras continúe el Proyecto Microbioma Humano es de esperar que avancemos más en ese conocimiento.

Pero dejando aparte lo que pueda descubrirse a partir de este punto, ya merece la pena detenerse a contemplar la idea de nuestro propio yo desde esta nueva perspectiva: el superorganismo que se compone de uno mismo y sus microbios particulares, estrechamente unidos en un equilibrio dinámico y esencial. Así que, como ocurre con todo el conjunto de la biosfera, ya veis que la naturaleza y las interacciones entre los seres vivos son mucho más complejas y fascinantes que la simple suma de cada una de sus partes.

Provisión de alimentos

Estos días, un grupo de avispas se apresuran a crear su nido en la tierra de las jardineras. Son especies solitarias: aunque ya hayamos contado 23 avispas, cada una está haciendo su propio nido. Las larvas se alimentan de insectos que sus madres han provisto para ellas en el nido.

Observarlas es fascinante. Llegan, dan unas vueltas alrededor de la maceta y, bien se posan o se van a sobrevolar otra. Una vez en tierra, empiezan a buscar dónde excavar, palpando con sus antenas el terreno para cerciorarse de que el sitio es bueno.

Explorando el terreno

Y entonces empiezan a excavar. Es una tarea dura ya que, en estas jardineras en particular, la tierra es bastante arcillosa y está muy compactada. Pero les lleva apenas unos minutos. Excavan con las patas delanteras a tal velocidad que es difícil vérselas. Lo apreciable es el bicho y el creciente montón de tierra suelta debajo de su abdomen.

En menos de 5 minutos desaparecen dentro del agujero. Cada poco salen con una carga de tierra, acumulándola alrededor del agujero. Después pasan largo rato dentro acondicionando el nido. Cuando terminan, salen, tapan el agujero y se van.

Hemos observado avispas volver en menos de 10 minutos con una presa en sus patas traseras sujetada contra el abdomen. Vuelven a sobrevolar la maceta, se posan encima del agujero, palpan con las antenas hasta encontrar “la entrada” y empiezan excavar, más fácil ahora que la tierra está suelta. En los últimos momentos, para abrir completamente el agujero, dejan a la presa a la entrada y se introducen ellas. Aunque luego no las ves, la presa es arrastrada y desaparece dentro del agujero.

Empezando a abrir el nido

Terminando de abrir el nido

Introduciendo la presa en el nido

Saliendo del nido

Cerrando el agujero

Algunas de estas avispas vuelven varias veces con presas. Una vez tengan suficientes provisiones para sus larvas, pondrán el o los huevos, cerrarán el nido y dejarán que sus larvas se desarrollen.

Y, por lo que parece, intentan robarse las presas, algo que se nos pasó desapercibido pero a la cámara no…

Intento de robo

Muertes en la carretera

Tras una noche húmeda y con buena temperatura (más de 3ºC), principalmente en primavera y otoño, podemos encontrar cientos de salamandras atropelladas. Especialmente en carreteras secundarias y caminos.

Hace poco nos sorprendimos de la cantidad de gente que nunca había visto una. Las personas con las que estábamos, desafortunadamente, vieron  sus primeras salamandras aplastadas contra el asfalto, otras medio aplastadas, reventadas y con las tripas fuera: una imagen bastante desagradable.

Preferimos dejaros aquí unas fotos de tres salamandras, vivas, sobre el asfalto. Afortunadamente no fueron atropelladas esa noche.

Las salamandras (sacaveres en asturiano) son anfibios de hábitos nocturnos. A pesar de ser lentas en su movimiento, se alimentan de insectos, arañas, lombrices de tierra y babosas. Son muy gracisosas cuando se quedan paradas ante tu presencia, con posturas que pueden calificarse como anti-preadores, y quizás confiando en sus secreciones neurotóxicas. Quizás sea por eso, por no huir, por lo que son atropelladas con tanta facilidad.

Otro días os contamos mitos asociados a estos simpáticos animales…